El viernes pasado estuvimos por un pueblo muy singular de la Campiña, y digo singular por no decir otra cosa peor. El caso es que dicho pueblo quiere venderse al mundo con su mayor y más potencial recurso, que no es otro que el vino, hasta ahí todo perfecto, el vino sin lugar a dudas es uno de los productos más representativos de nuestra cultura y gastronomía.
Fuimos a un maridaje donde tuvimos el placer de degustar unos vinos exquisitos de la denominación de origen Montilla-Moriles, un verdadero placer para el paladar. Ahora bien, degustados los vinos, se nos pretendió dar una visión del turismo que no comparto para nada, se nos dijo que hoy en dia lo que el turista quiere es el turismo de experiencias, que lo demás no importa, el turista quiere hacer cosas distintas, integrarse en la cultura y sociedad de un determinado lugar y hacer su propio vino por ejemplo.
Me parece un error fatal vender lo invendible, el turismo de experiencia está de moda y es un foco muy importante dentro de la industria, pero pienso que es una gran equivocación dejar a un lado nuestro valor más exponencial, el patrimonio, no creo que nadie visite un lugar solamente por una experiencia, el entorno importa mucho y el patrimonio es en esencia nuestra imagen, representa nuestra ventana al mundo.
Turismo experiencial siempre, pero no se puede olvidar que la belleza está por encima de eso, y la belleza de un lugar sigue siendo su patrimonio, ya sea arquitectónico como cultural.

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